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- No tienes corazón, hasta los zombies pensarían que eres un cabrón.
- ¿Por qué me dices eso? Estoy harto de siempre la misma mierda, joder, intento no hacer daño, nunca prometo nada, nunca les miento.
- ¿Mentir? Claro que no les mientes, ese es el problema. No te callas nada, las pisoteas y las picas. Vas como si ninguna fuera lo suficientemente buena para ti y las muy idiotas van detrás esperando a que les lances un hueso, esperando una caricia como recompensa. Y sí, se lo das, ¿y cuánto dura? Un polvo, una semana, dos como mucho y las dejas en la estacada y con las típicas frases: "creo que no estoy sintiendo lo mismo", "no eres tú, soy yo" o, la que más me gusta, "no quiero hacerte daño, lo mejor es que lo dejemos antes de que alguno salga perjudicado". Y después las ves llorar, te gritan, te odian, las abrazas para acallarlas y cuando se han marchado te fumas un cigarrillo mirando a la puerta como intentando comprender lo que ha sucedido. No tienes alma.
- Todavía me odias por lo que pasó, ¿verdad?
- No, la odio más a ella... pero muchísimo más a ti. Es que eres gilipollas, es que caíste en tu juego y ni siquiera lo viste llegar. Estás tan ciego que no aprenderás nunca. Si la hubieras tratado como me trataste a mí la hubieras tenido para siempre, pero parece que cuando quieres conservar a alguien te vuelves imbécil y te conviertes en un perrito faldero. Hasta a mí me daba asco verte así, asco y rabia. ¿Qué tenía ella? Pasó de ti, te iba a hacer daño y todos lo veíamos pero no querías escuchar.
- Pues claro que me iba a hacer daño, no estoy tan ciego. Lo sabía y me daba igual. No sé qué tiene tan especial pero no puedo evitarlo. Sabía que me dolería... merecía la pena.
- Qué tonto eres. ¿Cuántos años van ya? ¿Cuatro? ¿Cinco? Y aún suspiras cuando crees que nadie te ve. Pero bueno, no soy nadie para criticarte por ello. Me tengo que ir, Fer me está esperando, hoy cenamos las dos familias juntas. Nos vamos a casar... No pongas esa cara, eso es lo que había venido a decirte, algún día tenía que seguir adelante. Estoy harta de esperar a que abras los ojos y te enamores de mí. Espero que tú llegues a la misma conclusión alguna vez.
- ¿Le amas?
- Me trata bien y será un buen padre, me quiere mucho más de lo que tú me has querido jamás.
- O sea, que no le amas.
Mirándole fijamente acercó su cabeza a la de él, le agarró por las orejas y, observando el triste color miel de sus ojos, le dio un beso mordiendo su labio inferior, separándose después sonriendo con una lágrima cruzando su mejilla.
- Espero que algún día te enamores de alguien que te merezca.
Y se marchó para nunca volver. Él se quedó mirando fijamente a la puerta, se encendió un cigarrillo e intentó comprender, como siempre, lo que ocurría a su alrededor.
[...]
A tu salud le doy un sorbo a esta cerveza fría y amarga. Bebo, bebo para callar, bebo para no poder decirte lo que mi silencio grita. No hay día que no recuerde, mucho menos noche, aquel matrimonio efímero y consumado que tanto brillo dio. Intento olvidarte sin mucho empeño, pues dicen que eso es peor todavía, y lo único que consigo es que llegue otra vez el verano y me sienta aún más destruido. Trato de no creer que puedo amar sin estar enamorado como trato de no intentar mostrarte lo que no he dejado de sentir ni una sola luna.
No tienes comparación. Eres un parásito sin cura pero con un tratamiento al que estoy inmunizado. No hay rival, no hay solución, no hay otro final. Ya no escribo, casi no lo hago. Me leo repetido, no hay nada que pueda decirte que no hayas escuchado ya, no hay nada que pueda mostrarte que no hayas sentido antes. Tú, y sólo tú. Tú eres el color más oscuro de mi gama, eres el sol hecho noche, eres la omega de mi odio.
Bebo con prisa, sin saborear, sin fondo. Bebo porque me lo has recordado, bebo porque no lo puedes evitar, bebo porque sigo soñando, bebo porque es lo más sano que se me ocurre hacer. Bebo a mi salud y, sobretodo, a la tuya. Bebo por tu falta de cordura, porque te centres, porque no me olvides jamás y por ser lo último que desees poseer el resto de tu vida. Brindo porque me eches de menos más de lo que yo lo hago.
El primer medio litro se me acaba y aún no he llegado a comprenderlo. El fondo de la lata brilla ante una cara cada vez más descuidada. No como porque no me apetece, no me cuido porque no tengo por qué y no te olvido porque no puedo. Algo cambiaste en mí la noche que fuiste a la jam session equivocada, algo cambiaste en mí desde el momento en el que moví familias para conseguir un asiento a tu lado mientras cenábamos, desde el momento en el que perdí el juicio por ti.
Te deseo más de lo que nunca quise y te quiero más de lo que deseo. Lo siento por ello.
[...]
Dos horas después abrí los ojos, todo seguía oscuro. La luz del ascensor se reflejaba por el resquicio de la puerta, siempre soy el último en llegar. Me acerqué al balcón y abrí la ventana donde un olor pestilente inundó toda la casa en un momento. Asquerosa contaminación. Llené hasta donde pude mis pulmones con ese aroma a prisa, ira y estrés propio de las ciudades. Ahí parado observé el amanecer, los madrugadores y los primeros atascos. Observé el ir y venir de los urbanos y cómo los transeúntes se convertían en un desfile de setas negras conforme comenzaban a caer las primeras gotas de una lluvia sucia, casi ácida, oscura y polvorienta que manchaba aquellos lugares que tenían la mala suerte de estar al aire libre. No hay aves en el cielo, ni siquiera hay cielo, ya no veo nada detrás de todos estos edificios. Me siento atrapado entre todo este cemento.
Miro el reloj, ya pasan las siete. La salida del sol me trae muchos recuerdos que oculto con gafas oscuras. Huelo mi cuerpo en busca de esa huella que una vez me hizo temblar, ya no queda nada de lo que un día poseí. Con un movimiento mecánico enciendo mi reproductor y comienza a sonar un nocturno en re bemol mayor que me transporta hacia mi cama otra vez, bajo la persiana y acomodándome la almohada miro la prueba de que alguna vez fue real. Todo parecía mejor cuando el sol aún calentaba.
[...]
Dama a H5. Intento concentrarme pero apenas puedo comprender el movimiento que acabo de recibir. ¿Por qué está todo tan borroso? Ya no sé ni qué tipo de droga llevo encima, este fin de semana va a acabar conmigo. Tengo la mente difusa, observo a la persona que está delante de mí. Está sentada con las piernas cruzadas sobre la silla de mimbre acolchada mientras sujeta entre sus dedos la chusta de lo que probablemente haya consumido yo también y ya ni recuerde. Recordar... vaya, estaría bien que me acordara de su nombre antes de acabar esta partida, es una hippie de pelo corto bastante atractiva, o quizá moderna... bah, ya me da igual.
Peón a G6. No me siento con espíritu para atacar pero no pienso rendirme, vas a tener que luchar por conquistarme, soy muy cabezón. Me mira y me sonríe, da una calada rápida y me lo pasa rozando nuestras manos, juraría que ya me he acostado con ella y ni siquiera de eso puedo estar seguro. Sus ojos me están gustando. Observo alrededor, estoy a la sombra de una terraza, es posible que sea el ático ya que puedo ver el techo de los edificios.
Alfil a B5, jaque. Ahora me sonríe maliciosa.
-¿Sabes? Siempre he querido destruir una religión, aunque sea una de esas pequeñas, una secta o algo así. Quiero conseguir que la gente piense por sí misma.
Sus palabras se contradicen ligeramente y, aun así, no tengo ganas de discutir. Es muy guapa y tiene una voz bastante dulce. En el fondo a mí también me gustaría destruir una religión pero sólo por mi propio placer y orgullo. Dejando ese jaque sobre el tablero me acerco al borde del balcón, estiro mis manos y, sintiendo el calor del sol sobre mi blanca piel no puedo evitar pensar en cuánto me gustaría hacerle el amor allí mismo. No he terminado de pronunciar esa idea en mi cabeza cuando, acercándose desde atrás, me abraza, me besa y me hace sentir absolutamente derrotado. Desprende un olor suave, no lleva sujetador y su aliento es dulce. No sé cómo será en la cama pero, desde luego, sabe jugar muy bien al ajedrez.
[...]
Con el cambio de estación aún estaban a gusto con la chaqueta puesta. Gracias al sol del atardecer todavía mantenían las gafas oscuras y, tirados tranquilamente en la playa, estuvieron disfrutando de su compañía mientras compartían la esencia primaveral que inundaba sus pulmones. Llevaban mucho tiempo necesitando hablar con alguien que no fuera a juzgarles, llevaban mucho tiempo queriendo encontrar a alguien que comprendiera su mensaje, su dolor, el vicio de su nocturnidad.
No dejaban de ser extraños y, sin embargo, cada vez que se escuchaban se conocían de siempre. Sus dedos se rozaron un instante, las miradas se cruzaron y él no pudo evitar observar los labios entreabiertos ni acercarse lentamente mientras aspiraba esa nueva fragancia que deseaba probar por primera vez. Ella comenzó a respirar entrecortadamente, a disfrutar de esa nueva vida que por fin comenzaba, a dejarse llevar, a empezar a olvidar.
Estuvieron como dos adolescentes besándose hasta el anochecer, gozando de la sensación de sentirse deseados y aprovechando la translucidez de sus pensamientos para dejar todo el bagaje oculto entre los granos de arena de aquella playa testigo de su desfase. Al sentir la atenta vigilancia de la luna decidieron resguardarse optando por ocultarse en un lugar donde nadie los encontraría, en un lugar donde podrían descubrirse sin temor. Entre besos se desnudaron sin dejar de acariciarse. Entre besos susurraron sus gemidos y se gritaron sus secretos. Soñaron con vudú, con hechicería blanca, con polvos mágicos; se entregaron mutuamente a un rito tribal lleno de bailes y fuertes ritmos acompasados. Entrecerraron sus ojos innumerables veces, apretaron sus dientes y tensaron sus extremidades. Bebieron del presente, del dolor y de la sangre y, ebrios como cubas, siguieron dejándose amar por aquellas manos hasta entonces desconocidas.
No amaneció, nunca se ve amanecer en estas historias, nunca terminan estas noches, nunca se sabe cómo acaban. Esperaron a que bajara el sol para despertarse abrazados. Otra vez hambrientos, aún sedientos.
[...]
Con tres acordes simples se puso a improvisar un blues oscuro, un blues triste sobre sus manos. Tocaba las teclas blancas y negras intentando que el piano le transmitiera el tacto de los dedos que una vez lo tocó, intentando recordar la suavidad de esas yemas que le sacaron un sonido mágico en una noche perfecta. Tocaba las teclas recordando ese abrazo desde atrás, ese beso en el cuello, las copas de espumoso, las velas aromáticas y el amor de los inocentes. Daba igual los colores que usaran para pintar la escena, el cuadro seguía siendo maravilloso y el momento, irrepetible.
"Curiosidades de la vida", pienso mientras trabajo la tierra con el legón intentando fatigar mi alma, "siempre cíclico, siempre repetitivo. Seis años y vuelvo a sentirme igual de vacío, igual de rechazado". Música y más música, destrucción y rock'n roll; siempre igual de patético, siempre igual de perdedor... otra vez en mi propia dimensión. ¿Alguien ha visto mi cuerpo? He perdido el contacto, he perdido mi ser.
Creo que me he quedado sin cobertura y la batería está temblando, no sé cuánto tiempo me queda pero estoy a punto de perder el último enclave con la realidad... y no me importa en absoluto, otra vez más. Seguiré sonriendo, seguiré pensando que todo va bien y seguiré con mi vida sin ti... una vez más. Esperaré el fa sostenido en mi blues en do, siempre viene bien una revolución.
[...]
Dejo cargando "Entrevista con el vampiro" y aprovecho para pensar un rato sobre lo que me rodea, en lo que se ha convertido mi vida, en lo realmente poco que sé sobre el mañana. Estoy dejando pasar un plato magnífico por insensibilidad, intento aprovecharme de lo que le robo al vecino y mientras, dejo a mi alma coger aliento después del último batacazo. Desde otra habitación alguien me ofrece un aire renovado, una magia extraña y desconocida sin raíces ni conocidos, un piercing que todavía no he llegado a morder.
No estoy preparado. No estoy preparado para salir de casa ni para intentar agarrar esa manzana que me ofrecen. Me siento cansado, hastío, harto.
Un par de veces a la semana encuentro la motivación que me hace sonreír, un par de veces a la semana puedo expresar lo que siento con mis manos, con mi música. Un par de veces a la semana tengo claro lo que haré con mi futuro, tengo claro lo que deseo conseguir, tengo la libertad entre mis dedos, tengo el corazón reiniciado.
Creo que ya se ha cargado suficiente para poder verla sin interrupciones, se acabó el pensar por hoy, se acabó la nostalgia.
Lo tengo claro, esta noche no recordaré pero, joder, qué bien sabías.
[...]
Me gustaría decir que todo va bien, que todo sigue estupendamente y que no ha habido ningún cambio en mi vida. Me gustaría pensar que lo que me ocurre es debido al poco tiempo que ha transcurrido, así como que te podré olvidar, una vez más. Ojalá pudiera decir que he pasado días enteros sin pensar en ti o que de fiesta todo transcurre como si jamás te hubiera conocido. Ojalá. La verdad es que pienso en el futuro, pienso en la cantidad de caminos que puedo tomar al no estar a mi lado, pienso en la cantidad de canciones que podré componer basándome en tu olvido y pienso en ti más que en nada en este mundo. No hay canción que no me recuerde a tu estúpida presencia, no hay desengaño que no me haga pensar en mis esperanzas y no hay sonrisas que no consiga sacar sin pensar en que a tu lado tenían sentido.
Es demasiado pronto para mí, lo sé, soy consciente de los pasos de una separación y tengo en cuenta la psicología pero, igualmente, no puedo evitar pensar en un encuentro que no se realizará, en un arrepentimiento que no escucharé o en el beso que nunca nos daremos. Ojalá tú sueñes con ellos también. Ojalá me eches de menos hasta el tuétano, ojalá no aguantes tu existencia y ojalá ocurra todo aquello que tantas veces he soñado. Me da igual, sé que no ocurrirá, no tengo esperanza ninguna (que no ilusión) pero, sin deberlo, te quiero. Te quiero porque te odio, porque te he odiado infinidad de veces y aun así te he amado. Te quiero porque me dijiste que no, porque por tu ser escribí la gran mayoría de mi repertorio y porque, por ti, hubiera avalado mi vida. Ya te tocará a ti, lo siento, en esta vida todo tiene ida y vuelta y no existe la acción sin la reacción.
Llámalo karma si te apetece, yo como mucho me pondré frente a ti y, muy jodido, te diré: "chincha rabiña, cómete una piña".
[...]
Sin poder llorar, lloraré lo que he perdido y añoraré lo que no tuve. Sin sorpresas, una vez más. Sabíamos que ocurriría desde el principio. Ojalá me eches de menos mucho tiempo (no pienso ser hipócrita, lo siento)... y ojalá seas capaz de confesármelo.

Ya le daré alguna vuelta más cuando no esté tan jodidamente reciente y, quizás, saque una historia bonita de esto que me arde por dentro. Por ahora sólo pienso en conseguir respirar, en el momento de pasar por delante de tu hogar y no mirar y en lo que me tiene el destino preparado para el futuro. ¡Por el futuro incierto! No hace ni dos días que brindé por ello.
Parece que alguien lanzó la segunda moneda sin preguntarme y cayó por el lado más oscuro. Me toca colgar la armadura y ponerme el traje de fiesta, al fin y al cabo sigo celebrando mi cumpleaños (aunque, por cierto, hoy es el tuyo... felicidades) y no me va a servir de nada seguir luchando contra molinos de aire. Maldita Dulcinea, malditas lágrimas negras que recorrían tus mejillas y malditos los recuerdos que vuelven a tu corazón incomprensible.
Ahí tienes esas dos gardenias que un día alumbraron algo maravilloso, hoy muertas y olvidadas. Qué fácil me pasan los recuerdos esta noche, ya ni me acordaba de la cantidad de veces que nos habíamos besado y sonreído, espero que tú también sufras esta noche, me lo merezco.
[...]
Había tanques, gente conocida alrededor, autobuses y algo de viento que se llevaba los papeles tirados por el suelo. Te fuiste a despedir de mí como siempre lo habías hecho, pero algo distinto noté en tu abrazo. Al apoyar mi mano en tu espalda la apartaste y, aún sorprendido, fue tu mano la que rodeó mi cabeza y la acercó a tu cuello. Me apretaste contra tu cuerpo mientras yo aspiraba tu fragancia, mientras me entretenía con tu suavidad. Sentía tus dedos agarrando mis cabellos, tu respiración acelerada, nerviosa. Sentía tus ojos cerrados, sentía tu cariño. Sentía el amor que tanto silenciaste.
Me separé para observarte desde fuera y, al fijar nuestras miradas, sentí aflorar todo ese cariño que acallé durante tanto tiempo, toda aquella debilidad que me hiciste sentir desde que te conocí. Acercándome lentamente hacia tus labios aún me sentía un niño a tu lado, aún sentía un pavor horrible a que me rechazaras, aún esperaba que tu timidez volviera a alejarte en el último momento; increíblemente, no fue así. Fueron tus labios contra los míos, fueron nuestros cuerpos, fue la explosión de cariño, fueron lágrimas de felicidad al sentirte mía, al sentirme parte de ti.
El claxon del autobús no nos dio más tregua. Con el corazón todavía desbocado nos separamos manteniendo nuestras manos entrelazadas, mirándonos sonriendo con la alegría de encontrarnos por fin, con la agonía de separarnos sin más opciones. Ni siquiera aguanté ver cómo te marchabas así que, dándome la vuelta, me fui antes de que el autobús te llevara a un lugar seguro, me fui hacia mi dársena antes de comprender que posiblemente no nos volveríamos a ver.
El autobús de reclutamiento salía en media hora, tenía tiempo para acariciar mis labios, para besar mis dedos, para buscarte en mis recuerdos.
[...]