domingo, 9 de octubre de 2011

Luna nublada


Paso a paso encaminó hacia su destino. Un escalofrío fue toda la muestra del pánico que no fue capaz de controlar mientras se acercaba a la ventana del salón. Las sirenas sonaban aproximándose, los gritos de los viandantes aterrados evidenciaban lo inevitable. En la calle los edificios iluminaban el cielo con un resplandeciente brillo de contaminación; los semáforos daban la única pincelada de color a esta noche que prometía ser más gris que cualquier otra.

Lo llevaba esperando desde hacía semanas, quizás toda la vida. Ese halo de tristeza que la envolvía desde su niñez algún día tenía que explotar y, aunque él no fuera la persona más empática del mundo, sabía que últimamente estaba peor que nunca.

Había un corro de personas, algunas lágrimas traumáticas y un charco de sangre en el que se encontraba el cuerpo destrozado de lo que una vez fue su mejor amiga y que siempre sería el amor de su vida. Así acaba una época. Hoy acaba ese periodo que él llamaba felicidad, hoy acaba la tristeza de la carga, de sentirse culpable, de sentirse impotente por no poder conseguir lo que siempre deseó. Miraba el final de la calle tranquilo, equilibrado, con una frialdad que le pasaría factura el resto de su vida. Con una lágrima dijo todo lo que tenía que decir, sacó un cigarrillo y de una bocanada le dio paso a su nuevo presente, a su último porvenir.

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viernes, 9 de septiembre de 2011

Puzle



Observó toda la escena inmovil, impasible. Vio a la mujer gritando desesperadamente, sus palabras se entremezclaban por un eco que seguramente no existía. La vio gesticular demasiado y lanzando, con el codo y sin querer, aquel vaso fuera de la mesa. Siguió la parábola y el giro de aquel objeto hasta que llegó al suelo donde se convirtió en decenas de cristales que saltaron en un estallido. Uno de esos vidrios afilados voló como una aguja clavándose en su pierna. Esta vez sí escuchó perfectamente su chillido de dolor, y sintió una presión enorme en su corazón cuando la vio llorar, cuando seguía gritándole culpándole de todos sus males, insultándole sin parar mientras un hilillo de sangre brotaba de la piel de su pierna.

Tenía una piel espectacular, suave y tersa, dorada al sol incluso en invierno. Le encantaba cada centímetro de su cuerpo. Adoraba sus caderas, sus curvas, su busto y ese largo cuello que tanta pasión les proporcionó en el pasado. Miró sus labios, ahora no le besaban, gesticulaban violentamente como nunca antes habían hecho. Esos carnosos labios ahora pronunciaban palabras que sus oidos no eran capaces de traducir, o no querían. Una sombra negra apareció en el lateral y siguió el rastro hasta sus ojos de miel. Los vio brillantes por la tensión, rojos por el dolor y, en el fondo, oculta por la ira, descubrió la mayor tristeza que jamás le había reconocido. Ahora no sólo le dolía el corazón, ahora era mucho más profunda esa impotencia, ese sentimiento de culpabilidad.

Ella le apartó la mirada para, dejando de gritar por un segundo, observarse la herida que le estaba empezando a escocer. Con los ojos empañados por las lágrimas le resultó imposible enfocar lo suficiente como para atinar a ver el trocito de cristal. Sollozando casi en silencio, con la cabeza baja y las manos cubriéndose la cara sintió la calma en forma de un abrazo protector. Un abrazo que siempre le había devuelto la tranquilidad, un abrazo que le devolvía a la infancia, a sentirse amada, a no estar sola nunca más. Se agarró a esa camisa con rabia, a ese olor, y lloró más de lo que nunca había llorado. Lloró por fin desprendiéndose de todo ese odio que creó como defensa. Lloró por lo que realmente era importante, lloró centrada en el bebé que nunca tendrían, lloró desesperada en la calidez de su amor. Él se mantuvo abrazado a ella, presionándola contra su pecho, callado, con su cabeza apoyada en la de ella, besando su coronilla con suavidad, de manera paternal. La amaba desde siempre y la seguía amando. La amaba a ella, yerma, baldía... preciosa. La amaría siempre porque no necesitaba a nadie más para sentirse completo, la amaba porque era su único sueño, porque siempre sería su luz. Delicadamente le alzó la cabeza y la besó con los ojos cerrados. La beso como sólo ellos sabian.
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martes, 16 de agosto de 2011

Equilibrio



Se despidieron con un beso y una sonrisa triste. Volverían a verse, en eso habían quedado aunque no fueran capaces de prometerse nada más. Volverían a disfrutar del calor que produce sentirse queridos, protegidos. No se amaban, apenas se conocían y, aún así, se necesitaban profundamente. Todo había ido demasiado rápido. Ella jamás conseguiría sacarle de ese vicio del que él no quería desprenderse. Él no podía evitar darle todo ese cariño que ansiaba... ella no podía evitar sentirse feliz al no pensar en nada más.

Caminando hacia su coche una brisa le devolvió al frío de la soledad. Se sintió sucia, usada, violada. Maldijo a su corazón por inconsciente. "No te dejes, no otra vez". Se conocía, se sabía fuerte, fría, capaz de diferenciar y de mantenerse emocionalmente alejada. ¿Si era así por qué lloraba? Se odiaba, no se valoraba, creía merecerse el sufrimiento. "Todo saldrá bien" se repitió todo el camino sin comprender a qué venía su propia reacción, sin entender sus lágrimas y sin querer aceptar que ya era demasiado tarde.

Él cerró la puerta y volvió a su nido. En la almohada todavía podía distinguir su perfume; en las sábanas, su fragancia. Mirando al techo intentó recordar lo que era estar enamorado. Mirando al techo ya no se preguntaba por qué era incapaz de sentir, sino por qué ella comprendía esa falta de emociones y lo respetaba, y eso lo estaba matando por dentro. Sentía su corazón usurpado. De alguna manera ella había conseguido penetrar en su diario más íntimo y leer sus secretos, la llave de su prisión. Conocía la clave y aun así no la había usado, lo estaba volviendo loco. Volvió a oler la almohada con desesperación y se sintió todavía más abandonado de lo que estaba hacía apenas unas horas. Es mucho peor cuando el calor persiste en el colchón.

No lo sabrían jamás, pero es un hecho curioso el que los dos encendieran sus cigarros y soltaran la primera calada en un suspiro al mismo tiempo, amándose y odiándose recíproca y reflexivamente. Ambos se sentían estúpidos, perpetrados y dependientes de ese cariño que eran capaces de ofrecerse y ambos, cabezones, seguirían quemándose hasta que alguno de los dos reconociera, probablemente demasiado tarde para curar heridas, su derrota en esa batalla sin vencedores.

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lunes, 11 de julio de 2011

Broken Star



- No, a ver, es odio, odio puro al 95%.

- ¿Me estás diciendo tan tranquilamente que la base de tus composiciones es el odio? ¿Toda tu obra? ¿Todo lo que has creado?

- Es un poco complicado -descruzó las piernas y, con el pulgar y el índice de la mano derecha, se frotó los ojos en un claro gesto de desesperación como quien intenta explicar la teoría de la relatividad sin usar la letra a- hay gente que piensa en el odio como en el color negro, como algo malo y con distorsión. El odio puede ser una sonata completamente armónica, un lienzo lleno de color o la mejor historia de amor de todos los tiempos. Shakespeare odiaba todo lo que le envolvía, odiaba a las mujeres, la peste a mierda de caballo y la asquerosa pomposidad que lo rodeaba; eso le llevó a escribir las más bellas historias.

- ¿Y no se puede crear basándose en la felicidad?

- Nadie crea cuando está satisfecho y lo que se ha conseguido siempre tiene cierto aire que lo único que inspira es más odio. Todos los grandes compositores fueron unos desgraciados, desde Beethoven hasta Kurt Cobain. No me estoy comparando con ellos pero sí que puedo llegar a considerar que no me equivoqué manteniendo ese espíritu.

- ¿Dices que elegiste la infelicidad?

- No, eso no se puede elegir. No hubiera sido feliz en ningún caso, los planetas no se alinean con tanta frecuencia. Lo que elegí fue su aceptación, acepté el hecho de que hay cosas que no puedo cambiar y las aproveché. -tranquilamente rebuscó entre los bolsillos de su chaqueta y sacó un cigarrillo que encendió con un zippo niquelado, le dio una calada profunda y, soltándola satisfecho, continuó- En el tiempo que llevo dedicándome a esto he viajado mucho y he dormido muy poco, a cualquiera eso le parecería un sueño. Siempre deseamos lo que no tenemos, yo llevo años soñando con una casa en el campo, una piscina modesta y la tranquilidad de la rutina a brazos de una mujer normal.

- ¿Normal? Tienes fotos en las fiestas más glamurosas del mundo, has estado en jacuzzis con las mujeres más deseadas del país y eres odiado y envidiado a partes iguales por todos los hombres que alguna vez oyen hablar de ti. ¿Tu sueño es la rutina con una mujer normal?

Miró hacia los lados y se inclinó hacia adelante como quien va a contar un secreto -Putas, todas putas. De las que no cobran, las modelos, las del famoseo; estoy harto de ellas y de sus cuerpos perfectos, estoy harto de su pijería y de sus tonterías. Mírame bien, si no fuera por lo que he conseguido no se acercarían a mí ni para compartir un taxi. Con lo que sueño es con alguien a quien le de igual el éxito, el dinero o mi posición, una mujer entradita en carnes con una sonrisa sincera, que sepa guisar y que ni siquiera sepa lo que es la cocaína.

- ¿Llegas con tu Cadillac, tus pantalones de cuero y tus millones rebosando del bolsillo y dices que tu deseo es compartirlo con una Maricualquiera?

- NO, lo que digo es que lo daría todo: mi coche, este estúpido sombrero y los excesos por esa Maricualquiera. Esa es mi impotencia, ¿todavía no entiendes la conexión? Ahí está la raíz de mi odio, mi espina clavada, mi inconformismo. No volvería a tocar una partitura si fuera necesario, y ahora está todo tan jodido que resultaría imposible encontrar a una mujer normal, con una familia normal y con una educación normal.

- ¿Podremos encontrar alguna prueba de esto que dices en tu próximo disco "Death means freedom"?

- Absolutamente en todos y cada uno de los acordes que lo componen, pero hay que escucharlo con la mente bien abierta. Y ahora, si me disculpan, voy a empolvarme la nariz.

- Bueno radioyentes, pues aquí terminamos la entrevista de hoy, recordad: "Death means freedom" a la venta desde el próximo sábado. Nos despedimos con el single "Unplaced letter" aquí, en Radio 66, ruta hacia el metal.

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domingo, 26 de junio de 2011

Eudaimonia



Impreciso instante aquél. De repente volvieron a mi cabeza los oscuros ritmos envueltos entre gritos de esa fuente en la que chapotearon más de los que un día debieron. Hiel envuelta en miel. Veneno puro. Milagrosa salvación. Nada bueno guarda un súcubo en su sonrisa.

Entre lingotazos de tequila envuelvo mi cabeza con una sábana de color granate oscuro, tacto de seda y olor a sexo reciente. Mis manos me devuelven la mirada con aspecto culpable. Al fondo de la barra la tragaperras expulsa un premio insulso a un vicioso que la golpea con la estúpida creencia de que la violencia le conseguirá lo que desea. Tengo los sentidos aletargados. Mi lengua no distingue más sabores, dudo que pudiera pronunciar palabra. Mi tacto es torpe y lento, tembloroso, triste y, mis oídos, bueno, ellos me cantaban "All I need" como si eso fuera a arreglar algo.

Recordaba, pero no con claridad. Recordaba una historia que era una mezcla, una persona que era una unión y una tristeza que no tenía motivo. Tristeza, eso sí que lo diferenciaba. Ciertos sentimientos no se pierden por mucho alcohol que se consuma. Todo se transforma, los colores saben distinto, las caricias cambian y el crepitar de mi cerebro me vuelve aún más loco. No hay reglas a donde voy, eso me han dicho siempre.

Luces reflejadas en el asfalto, un camino curvo y borroso pasa cada vez más veloz. Dejo atrás las mentiras al acelerar. Al llegar, fuegos fatuos brillan ante mí como una premonición, son preciosas sus llamas. Mágicos espíritus asustadizos, mejor no molestarles. Sobre el capó observo el firmamento, voy recobrando mi sobriedad. Palpo el metal en busca de algún resto de ti y no encuentro más que el calor del motor. Ya no hay siluetas, no hay sonrisas ni abrazos. Ya no estás. No estás y tu ausencia es dolorosa. Se aproxima una tormenta, la luna está empañada y el aire viene húmedo. Mañana será otro día, supongo.

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sábado, 4 de junio de 2011

Instinto


- No tienes corazón, hasta los zombies pensarían que eres un cabrón.
- ¿Por qué me dices eso? Estoy harto de siempre la misma mierda, joder, intento no hacer daño, nunca prometo nada, nunca les miento.
- ¿Mentir? Claro que no les mientes, ese es el problema. No te callas nada, las pisoteas y las picas. Vas como si ninguna fuera lo suficientemente buena para ti y las muy idiotas van detrás esperando a que les lances un hueso, esperando una caricia como recompensa. Y sí, se lo das, ¿y cuánto dura? Un polvo, una semana, dos como mucho y las dejas en la estacada y con las típicas frases: "creo que no estoy sintiendo lo mismo", "no eres tú, soy yo" o, la que más me gusta, "no quiero hacerte daño, lo mejor es que lo dejemos antes de que alguno salga perjudicado". Y después las ves llorar, te gritan, te odian, las abrazas para acallarlas y cuando se han marchado te fumas un cigarrillo mirando a la puerta como intentando comprender lo que ha sucedido. No tienes alma.
- Todavía me odias por lo que pasó, ¿verdad?
- No, la odio más a ella... pero muchísimo más a ti. Es que eres gilipollas, es que caíste en tu juego y ni siquiera lo viste llegar. Estás tan ciego que no aprenderás nunca. Si la hubieras tratado como me trataste a mí la hubieras tenido para siempre, pero parece que cuando quieres conservar a alguien te vuelves imbécil y te conviertes en un perrito faldero. Hasta a mí me daba asco verte así, asco y rabia. ¿Qué tenía ella? Pasó de ti, te iba a hacer daño y todos lo veíamos pero no querías escuchar.
- Pues claro que me iba a hacer daño, no estoy tan ciego. Lo sabía y me daba igual. No sé qué tiene tan especial pero no puedo evitarlo. Sabía que me dolería... merecía la pena.
- Qué tonto eres. ¿Cuántos años van ya? ¿Cuatro? ¿Cinco? Y aún suspiras cuando crees que nadie te ve. Pero bueno, no soy nadie para criticarte por ello. Me tengo que ir, Fer me está esperando, hoy cenamos las dos familias juntas. Nos vamos a casar... No pongas esa cara, eso es lo que había venido a decirte, algún día tenía que seguir adelante. Estoy harta de esperar a que abras los ojos y te enamores de mí. Espero que tú llegues a la misma conclusión alguna vez.
- ¿Le amas?
- Me trata bien y será un buen padre, me quiere mucho más de lo que tú me has querido jamás.
- O sea, que no le amas.

Mirándole fijamente acercó su cabeza a la de él, le agarró por las orejas y, observando el triste color miel de sus ojos, le dio un beso mordiendo su labio inferior, separándose después sonriendo con una lágrima cruzando su mejilla.

- Espero que algún día te enamores de alguien que te merezca.
Y se marchó para nunca volver. Él se quedó mirando fijamente a la puerta, se encendió un cigarrillo e intentó comprender, como siempre, lo que ocurría a su alrededor.
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miércoles, 25 de mayo de 2011

A tu salud


A tu salud le doy un sorbo a esta cerveza fría y amarga. Bebo, bebo para callar, bebo para no poder decirte lo que mi silencio grita. No hay día que no recuerde, mucho menos noche, aquel matrimonio efímero y consumado que tanto brillo dio. Intento olvidarte sin mucho empeño, pues dicen que eso es peor todavía, y lo único que consigo es que llegue otra vez el verano y me sienta aún más destruido. Trato de no creer que puedo amar sin estar enamorado como trato de no intentar mostrarte lo que no he dejado de sentir ni una sola luna.
No tienes comparación. Eres un parásito sin cura pero con un tratamiento al que estoy inmunizado. No hay rival, no hay solución, no hay otro final. Ya no escribo, casi no lo hago. Me leo repetido, no hay nada que pueda decirte que no hayas escuchado ya, no hay nada que pueda mostrarte que no hayas sentido antes. Tú, y sólo tú. Tú eres el color más oscuro de mi gama, eres el sol hecho noche, eres la omega de mi odio.
Bebo con prisa, sin saborear, sin fondo. Bebo porque me lo has recordado, bebo porque no lo puedes evitar, bebo porque sigo soñando, bebo porque es lo más sano que se me ocurre hacer. Bebo a mi salud y, sobretodo, a la tuya. Bebo por tu falta de cordura, porque te centres, porque no me olvides jamás y por ser lo último que desees poseer el resto de tu vida. Brindo porque me eches de menos más de lo que yo lo hago.
El primer medio litro se me acaba y aún no he llegado a comprenderlo. El fondo de la lata brilla ante una cara cada vez más descuidada. No como porque no me apetece, no me cuido porque no tengo por qué y no te olvido porque no puedo. Algo cambiaste en mí la noche que fuiste a la jam session equivocada, algo cambiaste en mí desde el momento en el que moví familias para conseguir un asiento a tu lado mientras cenábamos, desde el momento en el que perdí el juicio por ti.
Te deseo más de lo que nunca quise y te quiero más de lo que deseo. Lo siento por ello.
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jueves, 19 de mayo de 2011

Op. 27 2


Dos horas después abrí los ojos, todo seguía oscuro. La luz del ascensor se reflejaba por el resquicio de la puerta, siempre soy el último en llegar. Me acerqué al balcón y abrí la ventana donde un olor pestilente inundó toda la casa en un momento. Asquerosa contaminación. Llené hasta donde pude mis pulmones con ese aroma a prisa, ira y estrés propio de las ciudades. Ahí parado observé el amanecer, los madrugadores y los primeros atascos. Observé el ir y venir de los urbanos y cómo los transeúntes se convertían en un desfile de setas negras conforme comenzaban a caer las primeras gotas de una lluvia sucia, casi ácida, oscura y polvorienta que manchaba aquellos lugares que tenían la mala suerte de estar al aire libre. No hay aves en el cielo, ni siquiera hay cielo, ya no veo nada detrás de todos estos edificios. Me siento atrapado entre todo este cemento.
Miro el reloj, ya pasan las siete. La salida del sol me trae muchos recuerdos que oculto con gafas oscuras. Huelo mi cuerpo en busca de esa huella que una vez me hizo temblar, ya no queda nada de lo que un día poseí. Con un movimiento mecánico enciendo mi reproductor y comienza a sonar un nocturno en re bemol mayor que me transporta hacia mi cama otra vez, bajo la persiana y acomodándome la almohada miro la prueba de que alguna vez fue real. Todo parecía mejor cuando el sol aún calentaba.
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sábado, 23 de abril de 2011

Juego de estrategia


Dama a H5. Intento concentrarme pero apenas puedo comprender el movimiento que acabo de recibir. ¿Por qué está todo tan borroso? Ya no sé ni qué tipo de droga llevo encima, este fin de semana va a acabar conmigo. Tengo la mente difusa, observo a la persona que está delante de mí. Está sentada con las piernas cruzadas sobre la silla de mimbre acolchada mientras sujeta entre sus dedos la chusta de lo que probablemente haya consumido yo también y ya ni recuerde. Recordar... vaya, estaría bien que me acordara de su nombre antes de acabar esta partida, es una hippie de pelo corto bastante atractiva, o quizá moderna... bah, ya me da igual.

Peón a G6. No me siento con espíritu para atacar pero no pienso rendirme, vas a tener que luchar por conquistarme, soy muy cabezón. Me mira y me sonríe, da una calada rápida y me lo pasa rozando nuestras manos, juraría que ya me he acostado con ella y ni siquiera de eso puedo estar seguro. Sus ojos me están gustando. Observo alrededor, estoy a la sombra de una terraza, es posible que sea el ático ya que puedo ver el techo de los edificios.

Alfil a B5, jaque. Ahora me sonríe maliciosa.
-¿Sabes? Siempre he querido destruir una religión, aunque sea una de esas pequeñas, una secta o algo así. Quiero conseguir que la gente piense por sí misma.
Sus palabras se contradicen ligeramente y, aun así, no tengo ganas de discutir. Es muy guapa y tiene una voz bastante dulce. En el fondo a mí también me gustaría destruir una religión pero sólo por mi propio placer y orgullo. Dejando ese jaque sobre el tablero me acerco al borde del balcón, estiro mis manos y, sintiendo el calor del sol sobre mi blanca piel no puedo evitar pensar en cuánto me gustaría hacerle el amor allí mismo. No he terminado de pronunciar esa idea en mi cabeza cuando, acercándose desde atrás, me abraza, me besa y me hace sentir absolutamente derrotado. Desprende un olor suave, no lleva sujetador y su aliento es dulce. No sé cómo será en la cama pero, desde luego, sabe jugar muy bien al ajedrez.
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lunes, 21 de marzo de 2011

Hambre


Con el cambio de estación aún estaban a gusto con la chaqueta puesta. Gracias al sol del atardecer todavía mantenían las gafas oscuras y, tirados tranquilamente en la playa, estuvieron disfrutando de su compañía mientras compartían la esencia primaveral que inundaba sus pulmones. Llevaban mucho tiempo necesitando hablar con alguien que no fuera a juzgarles, llevaban mucho tiempo queriendo encontrar a alguien que comprendiera su mensaje, su dolor, el vicio de su nocturnidad. No dejaban de ser extraños y, sin embargo, cada vez que se escuchaban se conocían de siempre. Sus dedos se rozaron un instante, las miradas se cruzaron y él no pudo evitar observar los labios entreabiertos ni acercarse lentamente mientras aspiraba esa nueva fragancia que deseaba probar por primera vez. Ella comenzó a respirar entrecortadamente, a disfrutar de esa nueva vida que por fin comenzaba, a dejarse llevar, a empezar a olvidar.

Estuvieron como dos adolescentes besándose hasta el anochecer, gozando de la sensación de sentirse deseados y aprovechando la translucidez de sus pensamientos para dejar todo el bagaje oculto entre los granos de arena de aquella playa testigo de su desfase. Al sentir la atenta vigilancia de la luna decidieron resguardarse optando por ocultarse en un lugar donde nadie los encontraría, en un lugar donde podrían descubrirse sin temor. Entre besos se desnudaron sin dejar de acariciarse. Entre besos susurraron sus gemidos y se gritaron sus secretos. Soñaron con vudú, con hechicería blanca, con polvos mágicos; se entregaron mutuamente a un rito tribal lleno de bailes y fuertes ritmos acompasados. Entrecerraron sus ojos innumerables veces, apretaron sus dientes y tensaron sus extremidades. Bebieron del presente, del dolor y de la sangre y, ebrios como cubas, siguieron dejándose amar por aquellas manos hasta entonces desconocidas.

No amaneció, nunca se ve amanecer en estas historias, nunca terminan estas noches, nunca se sabe cómo acaban. Esperaron a que bajara el sol para despertarse abrazados. Otra vez hambrientos, aún sedientos.

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