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Ven, acércate, déjame que te proteja. Cierra los ojos y apoya tu cabeza en mi pecho. Siente cómo mi respiración y mi corazón se tranquilizan al contacto de tu piel. Enlaza tu mano con la mía, acariciame, no temas llorar al rozar la luna. Quedaremos donde tú quieras, quedaremos donde el tiempo se detenga; no te olvides el paraguas, el relente siempre nos alcanza.
Frente al espejo compruebo el vacío que me rodea, siento el frío que me alcanza y me encuentro aún más solo. Apago la luz con rabia, con impotencia. No hay nada que pueda hacer, nada nuevo que decir ni nada que te pueda sorprender. No se me ocurre absolutamente nada que pueda guiarme desde aquí a un camino clareado mas, sin embargo, sigo permitiendo a mi intuición ser la luz de mi tren. Algo más tranquilo sonrío, me quieres, me quieres mientras me amas, me quieres cuando lo leo en tus ojos, me quieres porque te gustan las manzanas, me quieres porque te quiero. Te quiero, lo sabes y eso, aunque te preocupa, te gusta. Te sientes más segura de esa manera. Yo te abriré camino, yo te abrazaré cuando lo necesites, yo te daré mil noches en vela y detendré el mundo para consolar tu alma y hacerte entrar en razón.
Conecto el equipo de música, suena Queen y me da fuerzas para seguir mis sueños. No soy un tigre aunque desafíe las leyes de la gravedad... soy un dragón. Canto gritando, apenas llego y no soy capaz de pronunciar la letra pero soy libre, y nadie podrá evitarlo. Paso a través, salto y bailo, río. Yo también me siento tan imparable como lady Godiva, yo también te haré sentir supersónica. Conseguiré que sonrías al compás de mis latidos.
Estoy vivo, no lo dudes nunca. Escucha como ruge el motor de mi oso blanco, disfruta de esas ilusiones al saber que te arreglas para mí, goza con la intriga que te produce no saber qué parte de ti adularé esta noche. "If you wanna have a good time just give me a call". Disfrutemos juntos de este arte, baila conmigo, salta hasta que te agotes, goza hasta que te desmayes, ríe hasta que no se te olvide jamás.
[...]
Escucho tu respiración, tus suspiros tristes, tu tono apagado. Me quieres, me deseas, pero nunca podrás dar un paso más allá. Te agobia mi cercanía y temes mi ausencia, no sabes lo que quieres. Estás cansada, en parte por mi culpa, y eso te hace sentir aún peor.
En mi cabeza me aseguro que odio el dolor al que me he aferrado tanto tiempo. Grito con todas mis ganas que esto no es lo que quiero, pero no lo soltaría por nada del mundo. Mis esperanzas se marchitan con el flujo de tus palabras. Odio la navidad, ahora entiendo el por qué.
Llegará el día que sea el espíritu de las navidades pasadas, espero que al menos recuerdes el día que optemos por la cobardía. Eso sí, mentiría si te deseo felicidad, así como lo harías tú. Mentiría si te intentara tratar como una amistad, y mentiría si te dijera que estoy enamorado de ti... mentiría si dijera que creo en que nunca podría ocurrir.
Hace tiempo que lo único que siento en el estómago es dolor, esas mariposas que un día pudieron aflorar estarán hibernando. Hace años que me enamoré por última vez y aun así se estropeó. Hace años que encontré a alguien a quien amaba y me respondía, y aun así ahora le escribo a otra persona. ¿Es acaso necesario y suficiente con sentir esas cosquillitas? ¿Es acaso condición indispensable? No creo en la magia, no creo en las hadas ni en Papá Noel, no creo en la homeopatía ni en las religiones basadas en un ser consciente más grande que yo. Creo en el amor como un conjunto de sensaciones producidas por las hormonas de mi cuerpo, creo en el vértigo que se produce al ilusionarse y creo en que lo nuestro pueda funcionar. Pero claro, esto último no es más que fe. Será el espíritu navideño que me envuelve. Mis creencias no son bonitas, mis historias no son bellas. Suena todo doloroso y agobiante, demasiado lógico y científico, demasiado vanidoso y orgulloso.
No te prometo la felicidad, no te aseguro que la máquina funcione, no confío en que nuestros corazones latan al compás pero, cojones, te aseguro que nada de eso ocurrirá si dejas que la cobardía de la princesa encerrada en su torreón te invada.
Además, si el agua tiene memoria, ¿hay algo imposible? Demuéstrame que no todo tiene que ser en binario y déjame que te demuestre que más vale tarde que nunca.
[...]
Agazapado en esa esquina nunca sintió un frío igual. Los vientos del norte congelaron hasta el rocío condensado en las hojas de aquel naranjo que una vez iluminó las noches estivales. Debía escapar de allí, lo sabía y lo necesitaba; pero no tenía valor. No tenía valor para rendirse ni para dejarlo todo atrás. Estaba demasiado ocupado intentando no temblar como para pensar en caminar. Esta vez no escuchaba música en su interior, de ningún tipo, de ningún color; tan sólo un vacío tan profundo capaz de absorber las frases conforme las pensaba. Su cabeza era un remolino, un conjunto de obviedades y reproches, de verdades e ilusiones, una bomba de relojería en una cámara acorazada protegida como aquello que le latía en el pecho luchando por darle calor al resto de su cuerpo, órgano que sentía cada vez más pesado, cada vez más cansado.
Dudaba y no entendía, soñaba y destruía. Soñaba en pócimas mágicas, en fórmulas básicas capaces de proporcionar la felicidad instantaneamente, en piedras filosofales capaces de convertir el plomo en puro oro. Destruía... como siempre, lo destruía todo y no valoraba. Destruía sin mirar, sin querer, sin desearlo. Destruía porque era lo único capaz de darle cierta satisfacción. ¿Qué esperaba? ¿Acaso realmente creyó en su propia resiliencia? Ahí se quedó, aún agazapado, temblando y tiritando esperando la vuelta del verano, esperando a ese sol que le hiciera volver a entrar en calor, esperando esa belleza de la naturaleza a la que llaman primavera.
Confusión será mi epitafio.
[...]
Todavía con el ritmo saltando dentro de nosotros nos fuimos a buscar algo que beber. Un par de litronas por cabeza parecía suficiente para continuar la fiesta. Tomad el mechero, que alguno comience a trabajar porque esto lo celebramos por todo lo alto.
Alguien saca las piernas por fuera de la ventanilla, otro rompe un cigarrillo y la botella va pasando de mano en mano. El volumen de la música no nos deja ni pensar, pero ahora es el momento de dejarnos llevar por los impulsos. Varias guitarras afiladas atropellan nuestros sentidos aletargados. Llegamos al punto de encuentro arrastrándonos fuera del coche. No éramos ni diez personas pero montábamos el barullo de cincuenta, todo eran cánticos, risas y primavera. Desconozco cuántas veces me quedé con la garganta completamente seca, lo único que sé es que el remedio funcionaba cada vez mejor. Perdí la noción de la realidad y nadie de mi alrededor podía confirmarme hasta dónde llegaba la ficción.
Monta la batería, enchufa el ampli, afina esas cuerdas y dale ritmo a lo que queda de noche. De aquí nadie se marcha hasta que no perdamos el sentido. Alguien ha encontrado la felicidad, brindemos por ello, brindemos sin razones, ¿acaso hacen falta? Esta noche no hay cruces ni desvíos, hemos parado el tiempo para vosotros. Disfrutad de nuestro poder.
Pasadme el Gordons que toca ronda de chupitos Freedone, ¿dónde está el vino? Espero que no haya mañana, porque esto seguro que va a doler. Aspira fuerte y no lo sueltes, que ahora tienes que tragar. Lo único mejor que un buen viaje es hacerlo acompañado. Recoged vuestras lágrimas, no hemos llegado ni a la mitad del repertorio. No es hora de tomar decisiones, ni siquiera de planteárselas. Nada de baladas, id sacando el embudo que la apatía nos la quitamos de un lingotazo. Pronto todo esto parecerá una historia de dragones, que alguien busque un duende.
No veo necesario contar el final de todo esto, ni siquiera creo que acabara. Dejaremos esta historia como algunas canciones, con los acordes repitiéndose cada vez más suave hasta que desaparecen y despiertas sin saber cómo llegaste. Como se dice siempre, ¡larga vida al Rock'n Roll!
[...]
Pegado a la ventana respiro tranquilo observando el exterior. Mi respiración es profunda y relajada, todo lo contrario a mi cabeza. Pienso en cómo perder el conocimiento. No tengo más sedantes a mi alrededor y debido a la gran cantidad de malos sueños, dormirme sobrio no es una opción.
Con un dedo dibujo un triángulo en el vaho que se ha formado en el cristal y, sobre éste, calculo sus ángulos, su área y su centro de gravedad. Pierdo la poca cordura que me queda al intentar estimar el número de tetraedros regulares necesarios para completar el volumen de una esfera cuyo radio fuera el lado del poliedro. Un extraño vértigo se encierra en mi estómago después tratar de imaginar tal construcción al tener que luchar contra mi propia inconsciencia. Me dejo caer mareado sobre la cama y permito a mi cabeza recordar esas pesadillas que consiguieron darle imagen a algo que, aun a sabiendas, nunca me dejé ilustrar.
No lloro, sigo sin hacerlo. Junto los bordes de los triángulos y ni aun así soy capaz de exteriorizar todo ese ácido que mi corazón bombea sin parar. Convierto mi obsesión en movimiento ocular mirando continuamente de un extremo a otro de mis ojos mientras busco en mi interior. Es un viaje sin guía, es un viaje sin sherpas ni brújula. Automatizando ese tic consigo desprenderme de la mayoría de sensaciones físicas que me rodean. Es abrumador todo aquello que leo sobre mi propia persona. Es especialmente doloroso verme dilapidado por mis razonamientos e intuiciones, siendo abandonado a mi suerte en ese océano de soledad. Me resulta interesante observar que aquél que me abandona sea yo mismo, y que no pido auxilio ni trato de evitarlo.
Estoy en un croma sobre el que yo elijo el paisaje. Detengo la exposición en un atardecer, o amanecer, no estoy seguro. No siento la temperatura, no siento brisa ni aire. No respiro ni trago y ni siquiera pestañeo. Veo en la lejanía aquello que, creo, me importa. Me acerco y lo rodeo estoico una vez. Observo la imagen y la describo para mí, fijándome en los detalles más ínfimos hasta llegar otra vez a lo más obvio. Ni siquiera objetivamente puedo dejar de pensar que no debería estar ahí, así que ahora describo aquello que siento, intentando conseguir algo lógico de todo aquello. Vuelvo a hacerlo desde lo más pequeño hasta lo más grande, hasta lo más doloroso, lo que más detesto. Y no puedo evitarlo. Grito de rabia, lanzo toda mi ira contra aquello que me preocupa, contra aquello que amo. Grito frustrado, grito con odio, grito sin saber qué más hacer, grito porque soy lo único que se mueve en ese estúpido paraje. Harto escapo, me alejo de allí y vuelvo al vacío, a ese limbo sobre el que no hay bien ni mal, pena ni gloria.
Aquí todo es blanco, puro, intocable. Me siento en el suelo con las piernas cruzadas, respiro profundo y tranquilo y comienzo a mover mis ojos de un extremo a otro, acompasando mis movimientos y mis latidos con la realidad devolviendo mi mente a su estado natural, consiguiendo salir de ese estado autohipnótico al que me había sometido.
Me duelen los músculos oculares y me duele el alma. Aún siento todo el dolor por el que he pasado mas no encuentro en mis mejillas rastro de haber destruido ese nudo que se extendió de mi garganta hasta mi pecho. Me siento cansado. Cierro los ojos y repaso lo que acabo de vivir. Cierro los ojos y pienso en nosotros, y rabio de nuevo. Rabio porque no entiendo el destino, porque no entiendo lo que me viene y no me siento capaz de cambiarlo. Rabio porque jamás seré capaz de explicarlo y porque, aunque suceda, nadie podrá entenderlo.
Estoy perdido, y solo. Esta es mi locura, mi don y mi castigo. Este es mi eterno descenso, mi falsa sonrisa. Esta es mi añoranza, tu preocupación. Estas son mis palabras, mi único desahogo y mis grandes mentiras.
[...]
Conozco demasiado bien esa salida, siempre oscura, siempre con las estrellas al frente. A veces llueve y todo se vuelve aún más melancólico, escucho la tormenta golpeando el metal y siento las ruedas flotando sobre la capa de agua. En estos casos pongo la música bastante floja, sólo como acompañamiento. La melodía la lleva el cielo, el ritmo los limpiaparabrisas y nadie puede evitar que improvise sobre ti.
Improvisar es un peligro, y cuanto más lo hago más cuenta me doy del daño que consigo hacerme. A veces siento cómo pierdo energía, cómo se me hunden los ojos, el palpitar del corazón en las sienes y la agonía de la frustración, de la impaciencia. Deseo saber sin conocer. En realidad, odiaría saber.
Maldito instinto, maldita cabeza, maldita imaginación monotema, obcecada, absurda y obsesionada. Observo cómo se acerca la salida, los hoteles al fondo. Pienso tanto en estos instantes que se me hace eterno el pasaje. Siempre la misma música, el mismo grupo, el mismo ambiente, la misma ausencia.
Sopeso las pesquisas, analizo los hechos y busco el punto medio, la imposible objetividad. Da igual, sigo soñando con tus manos y no consigo evitar creer en la infidelidad de tu sonrisa. Maldita sea mi lógica y malditos sean mis celos. Maldito sea mi loco corazón y maldito el brillo de tus ojos tan imposible de olvidar.
En un segundo recuerdo lo vivido y lo malvivido, lo escrito y lo inventado, lo nimio y lo valioso. Apenas pestañeo al percatarme de cómo reduzco la velocidad involuntariamente. Aún no entiendo ese placer mío que encuentro al agonizar, no entiendo a ese subconsciente juguetón que prefiere apostarlo todo viendo una sola carta ni esa apatía con la que veo el mundo que me rodea. Pero bueno, supongo que da igual si lo entiendo o no, lo único que puedo hacer es intentar relajarme y recordar aquel primer concierto o aquellas dimensiones tan geniales.
Por fin, lo he logrado, las luces se reflejan en mi retrovisor alejándose lentamente. Suspiro, no me he hundido demasiado esta vez, llego a estar incluso aliviado. Ellas vibran chistosas avisándome de que aunque haya ganado por una vez, conocen bien mi rutina y saben que volveré. Y lo volverán a intentar, como hacen siempre, sin desperdiciar oportunidad. Y haré como que lucho, por darles el gusto, sin que sepan que, extrañamente, el gusto es mío.
Vivo toda tu vida en un segundo una y otra vez y, a veces, también la nuestra. No es tan increíble que escuche esa canción en modo repetición.
[...]
Obcecado en la más alienante de las paranoias el doctor soñaba que, algún día, lograría escuchar aquel frío corazón latiendo de nuevo, esta vez gracias a él. Tal era su obsesión que no dormía, no comía, no hablaba ni sonreía sin pensar en su ilusión. Él era consciente de las dificultades, él conocía el peligro de su juego, él sabía que nadie entendería su insistencia. Por eso él se encerró en su pequeño torreón mental desde donde seguiría luchando contra los dioses por completar su destino. El doctor, fatalista desde siempre, intuía el poco tiempo que le quedaba antes de que el hilo de su vida fuera finalmente cortado, así que trabajó aún más, sin descanso ni tregua.
No fue hasta una noche de tormenta que el loco profesor consiguió dirigir toda la fuerza de un rayo atravesando aquel inerte trozo de carne que tanto ansiaba. Expectante apoyó la oreja derecha sobre su pecho esperando alguna señal de su triunfo y, desde lo más profundo de su cuerpo lo sintió, al principio como un ligero murmullo y después mucho más fuerte y seguro. Batiendo desde su cabeza hasta sus pies, transformando algo tan natural como un latido en la música más maravillosa que jamás pudo escuchar, consiguió devolverle la vida a su increíble búsqueda. Feliz saltó, volteó y bailó. Rió a gritos sabiéndose triunfador, sintiéndose vivo por primera vez en años. Tan ciegamente danzó que no se percató de aquel cable en el que tropezó, ni siquiera supo que uno de los ventanales de su torreón estaba abierto hasta que cayó por él. No le dio tiempo más que a derramar una última lágrima planteándose si le mereció la pena todo aquel sacrificio, evaluando si lloraba de felicidad sintiéndose completo o de la tristeza más absoluta, antes de que el inamovible firme golpeara su fatigado cuerpo confirmando y cerrando lo que él ya intuía sobre su destino desde hacía ya demasiado, acabando con su curiosa y anónima existencia, derrochando así su último aliento sin respuesta entre la hierba recién cortada.
[...]
Luna llena, o casi, no estoy seguro. Siempre me parecía llena a tu lado y ya no soy capaz de distinguirla. En el interior, la humedad ha empañado los cristales del coche y el frío me tiene completamente congelado esperando que la calefacción llegue hasta una temperatura aceptable para redireccionar el flujo de aire hacia mí. Mientras se calienta y se desempañan los cristales conecto la radio y le echo un vistazo a los CDs como quien mira un viejo álbum de fotos y le vuela la mente tiempo atrás. Me cruzo con el del Viña Rock, con Halloween y hasta con la discografía de Radiohead. Ninguno de ellos consigue atraer mi atención y no estoy tan jodido como para escuchar Karma Police de nuevo. Al final del pequeño archivador me encuentro el de Jarabe de Palo y sonrío, éste se lo merece. Lo introduzco y sin esperar avanzo hasta la séptima canción. Me siento como si acabara de encontrar una pequeña luz en la oscuridad. No todo será tristeza esta fría noche. Miro mi reloj, las cuatro y pico de la madrugada y ni un ápice de sueño; sé adónde ir en estos casos.
La carretera es un infierno, pero desde este joven cerro la ciudad se muestra mágica. Adoro ver las luminosas lineas de las farolas y la extraña aureola que la envuelve producto de la polución que solemos respirar. Desde aquí se pueden observar las estrellas sin demasiada dificultad y, con un poco de imaginación, hacerse el interesante nombrando constelaciones al azar señalando el infinito con aire de superioridad. Sonrío mirando de nuevo la Luna. Mañana lloverá, pienso al ver la Luna borrosa, al menos subirá un poco la temperatura. Aun así su fuerte brillo, potenciado por el reflejo en las escasas nubes, es capaz de ocultar parte del hermoso cielo estrellado.
Reclino mi asiento y extiendo la manta sobre mí. Hace ya un buen rato que empecé a escuchar "OK computer" y acaba de llegar a la pista número diez. Es un buen momento para congelar el tiempo, para detener la vida, para soñar en este cerro una noche más dándole vueltas a la cabeza. Buenas noches y dulces sueños, susurro cerrando los ojos al tiempo del último arpegio de esta hermosa canción. Dulces sueños.
[...]
Hoy te pido como inspiración, hoy te pido por haberme hecho sonreír.
Hoy me has hecho recordar el beso que nunca nos dimos... te mentiría si te digo que no lo deseé, creo que yo también te gusté, aunque fuera un poco. Qué linda eras, adoraba tu sonrisa, sincera, algo ingenua y maravillosa. No podía evitar sonreír contigo. La última vez que te vi habían pasado varios años desde aquella vez que pasamos la tarde mirándonos a los ojos y, sin embargo, en diez segundos me alegraste la mañana y me hiciste sentir un niño al verte con uniforme. Por cierto, qué bien te queda.
Eres un dulce, siempre lo fuiste, sin picardía pero con mucha fuerza. Siempre pensé que debías tener mucha pasión, tus ojos así lo indican. Sé que no debía, pero te imaginaba lanzándote contra mí, agarrándome, sellando mi boca con tus labios, apenas dejándome libre para respirar e intentar sobrevivir. En fin, sueños de crío.
Quisiera brindar contigo por tus palabras, quisiera brindar contigo por aquella cita que una vez me permitiste, por repetirla, por tu simpatía y por tu corazón. Eres buena, eres buena persona, siempre lo has sido. Espero que nunca dejes de sonreír, siempre has merecido un trozo de cielo. Siéntete siempre muy orgullosa de ti misma, los que te hemos rodeado alguna vez nos sentimos así nada más que por haberte conocido. Gracias.
Brinda conmigo, quizás así parezcas real, quizás así aparezcas y me abraces. Brinda conmigo y sonríe una vez más.
No te preocupes, dejemos que lo malo se lo lleve el viento y que esta tarde nos acompañen los buenos recuerdos. Tienes toda tu vida que contarme y toda la noche por delante. Te mando un abrazo, un abrazo de agradecimiento, un abrazo con mucho cariño. Gracias por aparecer, por no dejarte olvidar. Gracias por haber sido mi amiga, cuenta conmigo siempre que lo necesites, siempre.
[...]
Llueve, lo sé porque el tragaluz hace un ruido infernal, como si fuera a reventar de un momento a otro. No me molesta en absoluto, me gusta que llueva, me encanta ver cómo la gente se vuelve de color gris y que los únicos colores que encuentre a mi alrededor sean los de los semáforos reflejados en el asfalto mojado.
Me encuentro en el sótano, aunque hace calor no puedo evitar un escalofrío reflejo al pensar en las congeladas gotas que estarán echando del patio a los últimos valientes. A mi alrededor no hay más que gente amuermada intentando, inútilmente, estudiar. Miro el reloj, las diez y cuarto. Un trueno. Ya es suficiente, no aguanto más. Cojo la chaqueta, guardo los apuntes en la mochila, no estoy seguro de cuándo volveré, y la encierro en la taquilla. Tengo suerte de poseer la llave de una: tanta gente y tan poco espacio.

Subo y salgo al patio, busco unas monedas y me preparo un café de máquina resguardado bajo el porche. Tranquilamente me lío un cigarrillo observando las gotas rebotando en una cadencia maravillosa. Enciendo el mechero con parsimonia y miro a través de su llama, miro el contraste de dos elementos básicos y, sin darme tregua, le doy la primera calada, aquella que hace que suspires, la que retuerce el cuerpo. Con la segunda no puedo evitar pensar en ti, siempre me ocurre. Es lo bueno de fumar en soledad, nunca lo necesito cuando estoy a tu lado pero siempre te necesito cuando recurro a él.
El café es amargo, capuccino con poco azúcar. No estoy seguro de que a esto se le pueda llamar café, supongo que ha sido el tiempo el que me volvió un adicto a este sabor. ¿Qué estarás bebiendo tú ahora? ¿Estará lloviendo también a tus pies? Saco un auricular para escuchar un triste vals que me armonice esto que veo.
Da igual cuánto sonría, siempre que el humo se pierde entre la lluvia pienso en ti, en tus abrazos, en las lágrimas con las que me despediste, en las veces que volveré a ver llover antes de que vuelvas a llorar por mí, en la de cigarrillos que me quedan por fumar.
Volviendo al aula huelo mi mano, odio ese olor. Pongo los libros sobre la mesa, me quito la chaqueta y la doblo con cuidado dejándola a mi lado. Le doy un par de vueltas al bolígrafo entre mis dedos, abro los apuntes por donde me había quedado y hago el primer intento de concentración. Miro el reloj, las once menos veinte. Me crujo el cuello y lo estiro, hacia un lado, hacia el otro, miro el techo y después pego la barbilla al pecho. Ya es momento. Busco rápidamente el párrafo donde lo dejé y continúo leyendo. Ni siquiera me da tiempo de copiar la primera fórmula cuando un sonido me saca de mi sopor. Llueve, lo sé porque el tragaluz hace un ruido infernal, como si fuera a reventar de un momento a otro. No me molesta en absoluto, me gusta que llueva...
[...]