viernes, 6 de noviembre de 2009

Goth Dream

escrito el 2 de Agosto de 2005


Por fin mañana es fin de semana, fin de mi semana y el comienzo de Él. Él es todo lo que yo no soy para el público, sino todo lo que yo deseo, lo que hay en mi corazón y en mi sangre, lo que invade mi alma.

Viernes noche, dejo los zapatos, me quito el traje y cuelgo la corbata junto a la camisa. Voy a la ducha. En el espejo reflejado, un cuerpo pálido, tímidamente musculoso, pero perfectamente proporcionado. El agua arrastra la suciedad y la falsedad, dejando ver una pequeña mueca de superioridad en mi rostro. Pantalones negros pillados por botas militares; chaqueta hasta el suelo con cierres de cinturón metálicos sobre una camiseta sin mangas. En el cuello, una cruz de plata, y en las manos, anillos de diferentes formas del mismo material. La cara maquillada blanca y negra, y los cabellos oscuros fijados en posición desordenada. Los labios negros, las llaves, y puerta. La Luna me saluda mostrándome el camino hacia camposanto, en él, cientos de nombres revelan la acción del tiempo y de la propia destrucción humana. Un panteón sobresale a todos los demás, dos grandes gárgolas vigilan la puerta. Parece hermética, pero con el movimiento adecuado, la puerta se abre con un movimiento mecánico, dejando salir un humillo azul y el leve sonido de grupos como “Lacrimosa” o “Cradle of Filth”. Desciendo las escaleras de piedra iluminado por cirios sostenidos en los huecos de las paredes. Poco a poco la música suena más fuerte, y el murmullo de la existencia de vida comienza a hacerse aparecer.

Decenas de cuerpos bailan en un trance producido por diversas drogas. Cada uno es diferente, con diferentes estilos y diferentes almas, pero en el ambiente se puede apreciar el mismo sentimiento de soledad y melancolía entre todos los asistentes, parecido al que hay en el corredor de la muerte, contando las horas de manera descendente.

Voy al bar, pido una bebida y saludo al DJ. Por fin la veo, ahí está, es Lilith, mi perdición y salvación al mismo tiempo. Va vestida con una túnica blanca y con sus gruesos labios pintados de carmín. Sus cabellos son de oro, y su tez blanca como la nieve; pero sus ojos son negros como el azabache, y su mirada penetrante como el fuego. Me ha visto, me sonríe y se acerca a mí. No nos decimos nada, voy a besarla y se aparta, me agarra la cabeza y la ladea, comenzando a darme pequeños mordiscos en el cuello. Mi vista se nubla, la acción de la pastilla mezclada en la bebida comienza a hacer efecto, pestañeo un par de veces y todo es mejor, todo es a cámara lenta, miles de pensamientos atraviesan mi cabeza, toda mi vida no son más que un par de segundos y, los cuerpos, solo son sombras de fantasmas. Un instinto nace en mí, un instinto que estaba esperando salir. Recorre mis venas, sube por mi pecho, la garganta, y llega a mi cabeza. Todo bombea en mí, todo me quema, tengo que gritar. Aúllo todo lo fuerte que puedo, pero es callado por el sonido del black-metal. Ella sigue ahí, mordiendo, un hilo de sangre cae por su túnica, la aparto y la observo. Está colocada, yo también. La beso y degusto mi propio líquido. La amo, no puedo evitarlo, la aprieto contra mí. Me estoy mareando, me estoy desangrando. Me quedo sin fuerzas, no puedo mantenerme en pie, ahora sí se me nubla la vista, sus ojos continúan fijos en mí.

La luz me da en la cara, alrededor hay tumbas. Sigo en el cementerio, estoy apoyado en una lápida de mármol, mi cuello está vendado y mi cabeza sigue dando vueltas. Debe ser domingo, me arrastro hasta mi casa y me duermo pensando en ella, en su cuerpo y en su rostro. En mis sueños todo es bueno: paseamos junto a un río, su mano acaricia la mía y no nos escondemos en la oscuridad, estoy salvado. Soy feliz, sonrío de verdad, incluso me río… quiero seguir vivo, quiero seguir con ella.

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